Frente a la inmensidad de la producción global audiovisual y la multiplicidad de ventanas de exhibición, las cinematografías regionales son la manera de encauzar un recorrido particular: nuclearse en zonas delimitadas, más cercanas, más contenidas con una necesidad común de expresión, de hablar, de levantar una voz, de favorecer una mirada. Cada región de cada país del mundo puede dar cuenta de su entorno, producir, crear núcleos o polos cinematográficos fuera de las capitales y de los centros de poder habituales. Se impone así un cine descentralizado.
Córdoba no es la excepción. Una provincia con más de un millón de habitantes, la segunda ciudad en importancia del país, con centenas de egresados anuales de las carreras de cine y audiovisual, tanto de universidades nacionales como de institutos privados. Con cualidades geográficas particulares y atractivas. Con procesos históricos, políticos y sociales complejos y ambivalentes, conflictos factibles de ser representados y reflejados en imágenes.
Esto ha dado por resultado un caldo de cultivo para que el cine local haya podido producir semejante explosión en las últimas décadas. Junto con la gran cantidad de películas se han conformado asociaciones de realizadores, productores y técnicos, cineclubes pujantes, festivales variopintos, en donde se reúnen críticos inquietos, estudiantes avezados y un público general ávido de consumir producciones locales.
Algunos productores y realizadores, allá por la primera década del nuevo siglo, tiraron la primera piedra, se animaron a ir a la capital nacional a pedir fondos para filmar en el interior. El personaje ficticio de la productora de Tres D de Rosendo Ruiz, Cecilia Luzana, lo cuenta en una anécdota que tiene mucho de real. Nadie en la capital y en el INCAA prohibía la realización de películas cordobesas en la Argentina, solo que nadie antes se atrevía a batallar los años que lleva sostener un proyecto audiovisual de largometraje de factoría profesional e industrial. Algunos sólo se atrevían a la independencia del Instituto de Cine: Sergio Schmucler y Liliana Paolinelli, por ejemplo, fueron pioneros en esto ya que se animaron a filmar largometrajes en video y digital sin esperar subsidios nacionales. Solo Francisco D’Intino filmó en celuloide. Eso los puso en un lugar de avanzada a la hora de encarar sus primeros largos por vías oficiales de crédito. Luego, ya sí, La Herencia del propio Schmucler, en el 2009, fue todo un precedente en esto, en la juventud de un equipo realizativo con muchas ganas de aprender un oficio y un hacer, por más que las películas de D’Intino hayan existido cronológicamente antes.
Al poco tiempo, favorecidos por un hecho excepcional, una clínica de proyectos que en el 2006 habilitó un concurso que por orden de mérito decidió que fuesen las películas De caravana (Rosendo Ruiz), Hipólito (Teodoro Ciampagna) y El invierno de los raros (Rodrigo guerrero) fueran las pre seleccionadas con los antecedentes necesarios como futuras realizaciones con créditos y subsidios de INCAA. Hay que decirlo, el gobierno provincial favoreció la realización de estas películas por medio del préstamo del dinero necesario para la producción, lo que luego sería la base para la conformación del Polo Audiovisual Córdoba. El cine cordobés de golpe era una realidad. Existían las películas cordobesas de largometraje. No se filmarían en 35 mm., eso ya empezaba a ser historia, se haría con cámaras digitales de última generación y se ampliarían luego al celuloide. Las tres películas mencionadas se terminaron, las tres se estrenaron en nuestros cines, de las tres se habló mucho. De caravana fue un fenómeno tan inesperado de público y de crítica, como genuinamente merecido.
Paralelo a estas producciones, los jóvenes de la productora El Calefón Cine filmarían las películas documentales Criada de Matías Herrera Córdoba y Yatasto de Hermes Paralluelo. Luego vendrían otras que, con un empuje tremendo y nucleados originariamente en torno a una figura tutelar como El cineclub La Quimera (que ya antes había cobijado a los inquietos pioneros del cine cordobés, Liliana Paolinelli, Paula Marcovich, Enrique González, etc.) y su fundador, Juan José Gorrasurreta conformaron una productora modelo en gestión de proyectos para el cine y la TV.
A partir de allí, comenzaron a salir películas por doquier en nuestra provincia. Todas de diversa factura, tanto de producción como de sus narraciones y estéticas. La heterogeneidad pasó a ser la regla, buscar lazos de unión en formas se hizo tarea imposible. Había unidad y apoyo mutuo en lo que cada uno quisiera hacer, pero la decisión final sobre qué se filma y cómo, sería personal y única, casi intransferible. Sean documentales o ficcionales, o sus mixturas y cruces. El mapa se amplía cada vez más, otros relatos y poéticas llegan para delimitar nuevas fronteras.
Extracto del libro “Diorama. Ensayos sobre cine contemporáneo de Córdoba.” Alejandro Cozza. Ed. Caballo Negro. Córdoba, año 2013)